La rubia del “Renault Floride”

27/07/13

El cuento del mes

 

El "Floride" y la rubia del cuento.

El “Floride” y la rubia del cuento.

Resulta que encontró una lámpara en la playa y cuando apareció el genio, le dijo sólo esto: “Vuelta atrás”. Ni corto ni perezoso, aquel barrigón con turbante echó unos polvos rojos sobre su cabeza y él se vio, de golpe, en su pueblo natal, en una calle empedrada, junto a la barbería cuyo almanaque principal –había varios—decía: “1962, agosto”. ¿Cómo era posible si, antes de su extraño tránsito al pasado, él paseaba tranquilamente con su esposa, en su coche retro, y había parado un momentito en la playa para mojarse los pies en la orilla? No se lamentó de aquel viaje y se dispuso a disfrutarlo, como quien goza de un crucero. Todo  aparecía ante sus ojos en blanco y negro: las calles empedradas, que en realidad eran grises, y los uniformes de las niñas del colegio de La Pureza, que eran de verdad blancos y negros, entre las que sobresalía por su belleza Pepi, su novia de cuando ambos tenían diez años. Fue a tocarla pero Pepi era gaseosa. Se le permitía ver, por lo que parece, pero no tocar. Bajó por la calle empedrada y escuchó un jaleo en el pequeño puerto pesquero. Media docena de personas hacían comentarios de admiración en voz alta. Un hombre se había sumergido y llevaba seis minutos, cronometrados por el reloj infalible de don Pedro Montesdeoca, sumergido a tres metros de profundidad. Desde arriba se apreciaba su viejo “Meyba” abombado, mientras el corpulento submarinista, sin ningún medio para respirar, iba soltando por su nariz burbujas de aire. Siete minutos aguantaba Lázaro bajo el agua, sin nada que le ayudara a respirar. Oyó entonces la voz de su abuela Lola que lo llamaba desde la ventana, como la abuela Herminia llamaba a Carlitos, que andaba por el descampado, en la serie “Cuéntame”. Vio a su abuela, con el pelo muy blanco, que sonreía. Siempre sonreía. Es curioso, pero en esa vuelta al pasado buscaba a sus padres, pero no los encontraba. Sus abuelos paternos sí que eran omnipresentes. Su abuelo Pedro, con su boquín “Targa” en los labios y un combinado dentro de un bonito vaso de cristal gris y sus ojos profundamente azules y su pelo peinado hacia atrás y su elegante chaqueta blanca, impoluta, nívea. Qué hermosura de mañana. El sol se colaba, contumaz, por entre las hojas de los laureles de la plaza y la vieja ñamera era un homenaje a la función clorofílica de las plantas. María Rosa Alonso la había glosado, meses antes, en un artículo para “El Día”. La profesora y escritora estaba enamorada de esa ñamera. Ya había salido Lázaro del agua, en medio del aplauso de los seis y de la certificación del señor Montesdeoca, que apuntó cuidadosa y detalladamente la hazaña en un cuaderno de tapas negras. El pequeño pueblo, con ínfulas de ciudad, tenía un tráfago moderado. Había tres gasolineras en la explanada del muelle, una de la Disa, otra de la Shell, otra de la Texaco. Y una parada de taxis: “Mercedes”, “Humber”, “Ford” y unas rancheras grandes, americanas, que más tarde se convertirían en coches fúnebres de categoría. Las mantuvieron largos años en servicio y transportaron a miles de muertos de lujo. Porque hasta la muerte tiene sus categorías y sus precios; las de “El Ocaso” son las más baratas y luego están las de pago. Aunque uno retroceda al pasado, la historia, los sueños,  qué sé yo, les juegan a los viajeros malas pasadas. Lo que era en blanco y negro se tornó en color cuando se detuvo ante una de las gasolineras un precioso “Renault Floride” del 62, conducido por un hombre invisible, pero que llevaba en el sillón de atrás una impresionante rubia de enormes tetas que rebosaban de su blusa malva. “Esa es nueva”, se dijo nuestro anónimo protagonista, al no poder averiguar quién era realmente aquel ángel despampanante. Ella se desperezaba lentamente, mientras Roque, que surtía de gasolina al “Floride” no se percató de que el tanque se había llenado; y entonces comenzaron los taxistas a gritarle a Roque y a apagar sus cigarrillos; y Manuel el Fula, guardia eterno que dirigía el tráfico siempre con los mismos gestos, sencillamente porque siempre pasaban los mismos coches, mandó al barrendero municipal a echar tierra de la plaza sobre el reguero de combustible, ante la mirada impotente del atribulado Roque, que interrumpió su visión de las enormes tetas de la chica del “Floride”, pero sólo por unos momentos. Luego siguió a lo suyo, no crean ustedes lo contrario. En una esquina lejana se leía el rótulo de “Bar Capitán” y por los aledaños de la plaza circulaba un viejo y destartalado camión conducido por Domingo “el Zurdo”, que era el fontanero municipal de aquel pueblo con ínfulas de ciudad. Casi atropella al burro del Sarguito, que tenía cinco patas contando su miembro viril; la rubia miró al burro desde su atalaya del “Floride” y sonrió, llevándose la mano a la boca para tapar su gesto de admiración al contemplar el falo del asno, medio entusiasmado. Aquella vuelta al pasado se estaba complicando, pues nuestro protagonista ora era niño, ora era hombre, así que se estaba montando un enorme lío, merced a la ocurrencia de aquel genio de dar para atrás al tiempo, pero dejando volar alternativamente el calendario. La abuela, entonces, lo llamó y subió las escaleras de la casa noble de su familia, que tenía patios, ñameras, escaleras de madera, escaleras de piedra, recintos oscuros para guardar el carbón y un cuarto de baño muy estrecho con azulejos amarillos. También una huerta y un banco de piedra y un gallinero con quícaras con muy mala leche, aparte de un pavo que picoteaba lo que encontraba, a cuatro meses de su ejecución por navidad. Además, un garaje sin coches pero lleno de recuerdos de épocas anteriores, entre ellos una vieja prensa de imprenta que nadie supo quién dejó allí, un casco alemán con un agujero de bala a la altura de la sien y una espingarda de tiempo indeterminado. Y muchas figuras del Belén, de todos los tamaños, incluido eso que los catalanes llaman el “caganer”, o algo así, que es un tipo cagando junto al nacimiento. Y una caja fuerte hermosa, llena de recovecos secretos, que se abría con una enorme llave, que entraba en una cerradura camuflada entre los remaches de la propia caja. Qué barbaridad. Cuando besó a sus abuelos tuvo la certeza de que sería la última vez, así que se propuso que el momento fuera eterno, pero no lo consiguió. Igual que ocurrió con Pepi, ellos se desvanecieron. Entonces vio la cara del genio dándole prisa, porque se había acabado su tiempo, pero estaba decidido a terminar el viaje llevándose a la realidad a la rubia del “Floride”. La agarró con tal fuerza que hasta Roque “el Patudo” le llamó la atención, pero era la única manera de traerla hasta el presente. Entonces todo se volvió de colores y empezó a marearse hasta que se desplomó sobre la arena, con el agua del mar mojándole los pies. Aturdido, escuchó la voz de su esposa, que esperaba pacientemente en su “Renault Floride”, comprado en una feria de coches antiguos en el recinto ferial de la capital. Cuando llegó al coche se dio cuenta de que aquella impresionante mujer era la misma del cuento y en este momento ya fue incapaz de distinguir la realidad de la ficción.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com