Aquel 12 de septiembre

1.- Aquel 12 de septiembre de 2014, el que murió políticamente no fue Paulino Rivero, en contra de lo que podría pensarse, sino su verdugo, Fernando Clavijo. Aquel día, malhadada fecha el Consejo Político de las traiciones venezolanas y de los votos comprados, se acabó la cohesión de Coalición Canaria (CC), trabada con alfileres, que Paulino Rivero cuidaba con sutil acierto. Y aquel día empezó a demostrarse que Clavijo no era un estadista, sino un chiquilicuatre –en su versión política–, que tuvo que contar con el bandidaje periférico para cargarse al líder. Hay múltiples versiones de la muerte de Sócrates, entre ellas la contenida en un voluminoso libro que acaba de aparecer y que me voy a comprar, porque me va a enseñar mucho. Don Felipe González Vicén, inolvidable profesor de Filosofía del Derecho y de Derecho Natural, lloraba sobre la tarima del aula cuando narraba la muerte del filósofo. No voy a comparar a CC –sería atrevido– con un cuadro actualizado de la Grecia clásica, ni voy a atribuir a líderes locales y baratos la profundidad de ciertos sucesos griegos antiguos. Pero si el mundo está hecho a escala y las relaciones humanas de cercanías, de inmediateces, fue lo mismo. A Paulino lo mataron sus leales, incluidos algunos que nosotros nunca pensábamos que lo harían. Y el resultado fue malo: el acceso al poder chiquitito de Canarias de un hombre demasiado joven para gobernar, demasiado propenso a los pactos imposibles y sin demasiada autoridad ni fundamento para llevar un partido, creado a fuerza de retales y con la fragilidad de una oblea.

Clavijo y Paulino podrían escenificar la muerte de Sócrates. En pequeñito./presican

2.- Y, entonces, Fernando Clavijo, para agradar, concede y concede y lo que consigue es no mandar y que cada uno vaya por su cuenta. Cuando uno llega al poder lo único que no quiere es abandonarlo. Sólo un honesto iluminado, como fue Fernando Fernández, ha sido capaz de inmolarse, entre otras cosas porque el poder le importaba un huevo: le gustaban mucho más las mujeres. En estos días de frío, leyendo un libro de Joan López, “Hablar de todo y no saber de nada. Las tertulias y la nueva política”, me doy cuenta de que me tengo que replantear mi vida, si es que me queda tiempo, escribiendo otro libro que cuente, con cierta gracia, más memorias y reflexiones sobre lo que he vivido. Incluso con las miserias. Ya que no nos dan premios, porque sólo se los conceden a los de Madrid y Barcelona, los periodistas de provincias tenemos que plantearnos una cierta reivindicación literaria e histórica, aunque sea casi póstuma. Yo a lo mejor no soy el indicado, estoy para el arrastre: el otro día me di un golpe en una pierna con el filo del lavaplatos y llevo unos días con un dolor terrible y con una rajeta colorada que se resiste a cicatrizar. Ya no voy a lavar más platos porque no quiero morir a golpes. Digo que cuando un político llega al poder no lo quiere abandonar. Clavijo le ha dado todo a los canariones, a cambio de nada; los piratas del Caribe de Lanzarote siguen campando a sus anchas; y los dos bandos de Fuerteventura se destrozan uno al otro; en La Gomera no hay nada, sólo Casimiro y es del Aserejé; en El Hierro van por libres; y en La Palma manda Antonio Castro, que hace cincuenta años que no se baja de un coche oficial. Tiene que tener los huevos rozados de tanto paseo. Con estos clowns y con estos Augustus tiene Clavijo que gobernar y su cerebro no le da, porque además está en otras cosas, jodiendo, o intentando joder, a los periodistas que no le bailan el agua, por ejemplo.

3.- Y así estamos, desocupados lectores. Así está Clavijo echando balones fuera, como un consumado líbero, aunque ya no haya líberos en el balompié sino dobles pivotes, que no sé lo que son, pero que han matado al fútbol. Clavijo sobrevive a duras penas con todos los ingredientes del poder para alguien que no lo ha tenido nunca realmente, aunque él crea que sí: concediendo a unos y a otros lo que le pidan; sonriendo, triunfal, a atractivas periodistas; jodiendo, al medio de comunicación enemigo y favoreciendo al amigo; con una mochilita al hombro para hacerse el post moderno; con el flequillo sobre la frente para parecer más joven. Y eso, patéticamente, lo que le da es aspecto de pollaboba –ojo, yo no digo que lo sea–. Y ya no tengo nada más que decir.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com