Una triste historia de amor

Por Andrés Chaves

Ella me contó su historia de amor por 500 euros.

Un hotel, un encuentro semanal.

Un hotel, un encuentro semanal.

La bella morena se echó, ya desnuda, en la cama grande de aquella habitación del hotel “Mirasierra”, en el que se había registrado minutos antes. Entonces apareció en el aparcamiento un “Audi 8”, negro. Se bajó del coche un tipo calvo y barrigón. La joven, bellísima, había recibido en su celular no menos de veinte mensajes de amor aquella misma mañana. El gordo la abduce desde hace dos años con frases tomadas de un libro de citas. El lechoso caballero se despojó de sus vestiduras de ejecutivo y se dispuso a simular un coito con su miembro inservible, amordazado por la fimosis. Nadie se explicaba, y mucho menos su amante, cómo le había hecho dos hijos a su mujer oficial, rica y harta, con aquel pequeño pedazo de carne enrojecida. Él abrumaba a su chica ocasional con rosas a destiempo y con abrigos de “Armani”; ella se dejaba querer, esporádicamente rescatada de su profesión de la noche. Se sentía Pretty Woman, pero no lo era porque el gordo jamás la retiró del todo, sino que saciaba sus deseos a golpe de pajas flojitas y de algún lengüetazo en el esfínter de aquel pedazo de mujer enamorada. Cuando terminaron su jornada semanal, él salió cobardemente de la estancia y se marchó con sigilo a besar a la esposa, en su coche de lujo. Ella bajó, decidida, las escaleras del primer piso con sus vaqueros y sus zapatos de “Prada”, rumbo a cualquier parte, con quinientos euros en el bolsillo y una nueva promesa en el catálogo de mentiras; otra promesa que el gordo jamás iba a cumplir. Más tarde, la joven se fue a bailar con su novio de verdad a una discoteca de salsa. Este cuento es una historia de Madrid; ocurre todos los días. Cuando salía de “Pigmalión” tropecé sin querer con una mujer morena de limpísima sonrisa, elegantemente vestida. “¿Será ella?”, me dije. Como si hubiera averiguado mis pensamientos, sonrió con complicidad y me hizo entrar de nuevo en el bar de alterne. “¿Quieres saberlo todo, quieres que te lo cuente a la luz de la luna?”, preguntó. Asentí, y entonces, como lo más natural del mundo respondió: “Son quinientos euros”. Y por quinientos euros me relató, sin cortarse un pelo, su triste historia de amor.

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