Cinco días en Nueva York

Por Andrés Chaves

ELLA PADECÍA una crisis de afectos, que le había llevado a vivir una existencia tormentosa, llena de sobresaltos en el amor. Su mal era, pues, la ausencia de ternura. Las relaciones entre las personas son difíciles de definir; probablemente va a salir de aquí un cuento a golpes. Él padecía también de la enfermedad de la soledad, el más cruel mal que puede sufrir el ser humano. Todo comenzó un día de octubre; pongan ustedes el año aunque la historia es muy reciente. Juan recogió su maleta de la cinta transportadora del aeropuerto Kennedy, en Nueva York, y se dirigió, ya en el taxi, a través del ennegrecido puente que le llevaba a Manhattan, a su alojamiento en la ciudad.

La chica de los vaqueros "Seven".

La chica de los vaqueros “Seven”.

El taxista resultó ser un pakistaní maloliente que comía un bocadillo horrendo, con un sabor a curri más que horrendo. Esta circunstancia le produjo cierta náusea al maduro pasajero, que había reservado habitación en el hotel “Hudson”, en la calle 58 West, entre la Novena Avenida y Broadway, junto al edificio de “Time Warner”. Se cita con tanto detalle la ubicación porque un centro comercial que existe en los bajos de este rascacielos va a ser decisivo en el desarrollo de esta trama.

La dama con gorra de “Gucci” y pantalón vaquero “Seven”, a la que Juan definió tan solo como una atractiva joven morena, quizá cubana, quizá portorriqueña, subió junto a él las escaleras mecánicas del hotel que conducen a la recepción. Ambos fueron atendidos por Alexandra, la jefa del departamento de Huéspedes, que les asignó sus habitaciones. Curiosamente, en la misma planta, la séptima. Ustedes podrán encontrar casual esta circunstancia; pero no, en el “Hudson” se celebra una convención de cierto jabón doméstico americano, así que sus alcobas, que parecen nichos, están ahora pobladas por una legión de vendedoras gordas, algunas de las cuales no caben por las puertas de los ascensores y es preciso desencajarlas a empujones. La séptima planta alberga varias suites, decoradas con el sabor de los años sesenta por el estilista Phillipe Starck. Incluso los sillones son de eskai. Así que a Juan le dieron la 700 y a la dama de los vaqueros “Seven” y la gorra de “Gucci” la del otro extremo de la planta, pongamos la 750.

La trama de este cuento iba a ser, en origen, una historia de amor; pero estos relatos han de nacer necesariamente de un amor compartido, así que se quedará, por el momento, en una bella historia de amistades profundas que ya veremos dónde desembocan. Además, ni a Juan ni a la protagonista, por ahora de nombre desconocido, les interesaba lo más mínimo atarse por otra vía que no fuera la del cariño. Así que lo más probable es que ustedes se enteren del desenlace de la historia antes de que ésta llegue a su final, que aún no lo tiene.

Lo bueno –o lo malo– de los cuentos modernos es que se permite a su autor enfatizar sobre lo que le conviene, incluso haciendo acotaciones en primera persona. Ello provoca desazón en los lectores y regocijo en quien narra, que maneja la trama a su antojo, se convierte en protagonista y juega con unos personajes que han podido ser reales pero que también han sido asesinados por la ficción.

Juan tiró la liviana maleta “Louis Vuitton” en la alfombra verde del salón de aquella suite de paredes de madera barnizada; la joven hizo lo mismo con su enorme bolso de tela, ya en su habitación, y se dejó caer en el sofá marrón, medio destartalado, que tanto gusta a los decoradores de la última ola. Los dos estaban cansados; habían hecho un largo viaje, una desde Caracas y La Habana, vía Toronto (no existen viajes directos entre Cuba y los Estados Unidos) y el otro desde la propia capital de Venezuela.

Terminal del John F. Kennedy Airport, en Nueva York.

Terminal del John F. Kennedy Airport, en Nueva York.

Juan sacó de su maleta un block de notas y apuntó la dirección del hotel, que tomó de una libreta de tapas de metal plateado que halló sobre la pequeña mesa de despacho de la suite que le asignaron. Estaba acostumbrado a trotar por Nueva York desde hacía años. Conocía de lado a lado la ciudad, a la que había viajado no menos de medio centenar de veces. María –así se llamaba la joven de los vaqueros– no había estado antes en Nueva York, por lo cual se procuró una buena guía de la ciudad y se dispuso a pasar una noche muy sola pero recorriendo con la mirada todos los carteles de neón de Time Square. Pretendía grabarlos en su memoria, como si no fuera a pisar otra vez Nueva York en su vida.

Nadie sabe a estas alturas, por supuesto, que Juan es un agente de los servicios secretos españoles, encargado de informar a su Gobierno de los movimientos de ciertos etarras, entre ellos el sanguinario Josu Ternera, que se han establecido en el cerro del Ávila, en Venezuela, disfrazados de honrados propietarios de restaurantes exóticos desplegados por el Valle del Galipán.

En su reciente recorrido por la zona, en compañía de dos agentes venezolanos de la policía política de ese país, la Disip, comprados por el espionaje español, Juan ha podido constatar que los “patriotas” vascos (más bien, asesinos sin escrúpulos) disfrutan de un envidiable estatus de refugiados políticos, concedido por el Gobierno venezolano del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Desde el funicular que une la Cota Mil de Caracas con la cordillera del Ávila, Juan ha podido contemplar una bellísima panorámica de la ciudad, que se extiende por el valle como una visión en cinemascope, alargada y bella, ocultas sus miserias por la distancia el smog. Los vagones tan modernos del teleférico parecen microscópicos desde el hotel “Gran Meliá Caracas”; instalada en una de sus ventanas, María mira para los montes del Ávila, preparando la entrevista que por orden de Fidel Castro va a mantener con sanguinarios militantes de la banda terrorista vasca. Es decir, que los dos huéspedes del hotel “Hudson” neoyorquino coincidieron en Caracas, aunque aparentemente sin verse, uno para detectar los movimientos y los modos de vida de los terroristas y la otra para prestarles consuelo moral y apoyo logístico. Digo aparentemente porque de los espías nunca se sabe.

Time Warner Center, N.Y.

Time Warner Center, N.Y.

Habrían de coincidir otra vez más en el moderno centro comercial del Columbus, en Nueva York, en los bajos del edificio de “Time Warner”, sede de la CNN. Ni el mismo Larry King, que emite desde este coloso su programa, cada noche, puede sospechar que allí se iba a gestar esta historia.

Bueno, pues la empleada de la tienda de “J. Crew” mostró a María una rebeca de rombos, de cahsmir; sostenía que se trataba de la última moda en la ciudad. La tradicional parquedad en los gastos tan propia del G-2, los servicios secretos de Cuba, no impedía a la joven disponer de un cierto estatus de privilegio. Sus relaciones con altos cargos del Partido Comunista Cubano iban más lejos del ámbito profesional y conducían directamente al lecho. María sabía combinar su profesión con el sexo, aunque siempre al servicio de la causa; había demostrado tantas veces su patriotismo, dentro y fuera de la cama, que sus superiores no albergaban la más mínima duda de su fidelidad a los mandatos del régimen.

Salía ella de la tienda de J. Crew con su compra maravillosa cuando vio a aquel hombre maduro entrar en el establecimiento, con el ánimo inquebrantable de adquirir una chaqueta blaiser. Lo había invitado a una cena en el “Waldorf Astoria” de Park Avenue el agregado de Defensa en la Embajada de España y sus compañeros del Centro Nacional de Inteligencia español destacados en Nueva York. Y no llevaba ropas adecuadas en su equipaje, así que decidió destinar una parte de sus dietas a procurarse la prenda. Los ojos de ambos se cruzaron; María no bajó la vista, la mantuvo firme en la de Juan, que se turbó no poco. Él dijo:

“¿Nos conocemos?”.

Y ella:

“Sí, compartimos hoteles y escaleras mecánicas”.

Ya sabemos que Juan está agotado; atraviesa por una mala época en su vida personal, con cincuenta y tantos años, cansado de trotar por el mundo persiguiendo terroristas. María es joven, treinta y pocos, y en sus planes sólo existe una palabra: trabajar duro y sufrir poco o nada en el amor.

“Imposible olvidarte; me sigues desde Caracas”, dijo él.

“Lo malo de los espías”, respondió ella sin inmutarse, “es que al final coinciden todos en la barra del bar de Rick”, se echó a reír la joven.

Habíamos dejado a María meditando su estrategia terrorista en el hotel “Meliá Caracas”. Ella no veía, naturalmente, la vagoneta del funicular en la que bajaban cuatro empleados de la CANTV, la compañía telefónica venezolana, con sus monos verdes y sus maletines de alta tecnología. Juan y sus agentes –comprados– de la Disip se habían disfrazado para seguir el rastro de Josu Ternera, el jefe etarra protegido por el Gobierno de Venezuela, camuflado como propietario de un restaurante de montaña. ETA, en colaboración con el gabinete de agitación de Fidel Castro, prepara un atentado en España, un acto terrorista de gran repercusión internacional, que sería atribuido a la red islámica de Al Qaeda. Todo está a punto. María se encuentra en Caracas para perfilar los detalles; Juan para impedir la acción, tras haber sido informado el Gobierno español por los servicios de espionaje norteamericanos, la CIA. Nada más y nada menos pretende Fidel Castro, para desestabilizar la política española del Partido Popular, que volar el edificio del Ministerio del Interior con su titular dentro. El crimen sería perpetrado por ETA con el apoyo del G-2, pero la autoría tendría que derivarse a Al Qaeda.

Los monos verdes de la CANTV no levantan sospechas entre los etarras de la montaña. El viento que azota el Ávila en esta época del año tumba postes de teléfonos y de la red eléctrica y corta con frecuencia las comunicaciones. Al monte se puede subir también a través de unos infernales caminos que sólo supera un potente todoterreno, en unas cuatro horas. La lluvia deja en las veredas profundos baches que es preciso atravesar con mucho cuidado; por eso, la gente prefiere el teleférico; limpio, seguro, rápido (en unos veinte minutos estás arriba).

Los agentes al servicio de España han logrado fotografiar las prácticas de tiro de los independentistas vascos; los disparos retumban en cada atardecer por entre las quebradas del Galipán. También algunos entrenamientos con explosivos han podido escuchar los habitantes de la zona, campesinos venezolanos beneficiados por el plan Barrio Adentro, una excelente acción social del Gobierno de Chávez ejercida por médicos y maestros cubanos.

Hotel Hudson, N.Y.: punto de encuentro.

Hotel Hudson, N.Y.: punto de encuentro.

Ni María ni Juan imaginaban, pues, que el amor iba a desbaratar una operación terrorista de tal calibre. Porque al volver ella a la tienda de “J. Crew” para recoger su monedero olvidado en el mostrador vio a él probándose la chaqueta. Venció el espía su timidez para proponerle una cena en “Smith and Wollensky”, el mejor restaurante de carne del mundo. Ella, imprudentemente, aceptó. Los dos pretendían dedicarse al peligroso juego de sacarse mutuamente información. Puede parecer pueril, pero lo de ambos fue un flechazo: nada más verse sabían que se amarían, intensa y apasionadamente, en la suite 700 del hotel “Hudson” de Nueva York.

Sin embargo, habrá que explicar a los lectores que el plan terrorista estuvo a punto de ser culminado. Las informaciones de los agentes del G-2 destacados en Madrid llegaban a Josu Ternera y sus secuaces con toda fidelidad. Los otros etarras analizaban los movimientos del ministro y de  altos funcionarios de Interior, conocían la dotación de la Guardia Civil que vigilaba el edificio y sus sistemas de alarma y detección de intrusos; también las características de los inhibidores de frecuencia, que impiden la comisión de atentados utilizando el teléfono móvil para activar los detonadores de los explosivos. El G-2 dispone de sofisticados ingenios para hacer inútiles estos inhibidores de frecuencia, ya muy superados. Todo estaba, pues, preparado para volar el Ministerio del Interior de España.

Juan preguntó a María, con mucha frialdad, tras hacer el amor pausadamente el mismo día de la cena en Smith and Wollensky:

“¿Cuándo lo harán?”.

Ella respondió, sonriendo, con una serenidad que puso los pelos de punta a su amante:

“Dentro de un rato; a las diez de la mañana en España”.

Juan se abalanzó sobre su reloj, que había dejado en la mesa de noche: las tres y diez de la madrugada en Caracas, las nueve y diez en España, a tan solo cincuenta minutos de la explosión.

Ella añadió:

“Que la busquen en el despacho del ministro”.

Juan tomó su celular por satélite y marcó el código rojo, máxima prioridad, en las comunicaciones de los agentes del CNI con su sede central situada en las afueras de Madrid. Un espabilado guardia civil respondió desde la capital de España. Nuestro hombre en Nueva York dio su nombre en clave y a los tres segundos hablaba con el jefe de servicio de los espías españoles:

“Va a ser hoy; dentro de cuarenta y cinco minutos; la bomba se encuentra en el despacho del ministro”.

Una legión de policías, agentes de la Benemérita, bomberos y ambulancias se dirigieron al Ministerio del Interior, en el Paseo de la Castellana madrileño. Los artificieros localizaron la bomba dentro de un paragüero dorado instalado en la estancia principal. Era un artefacto de gran potencia, capaz de volar toda la planta y quién sabe si el viejo edificio, un palacete renacentista lleno de remiendos modernos. Diez minutos antes de la hora marcada para su explosión, la bomba quedó desactivada.

El teléfono de Juan sonó en Nueva York, en la suite 700 del hotel “Hudson”.

“Enhorabuena, amigo, ha salvado usted muchas vidas. ¿Cómo lo supo?”, preguntaba, emocionado, Jorge Dezcallar, director del CNI.

“Es una larga historia, señor”, dijo el espía, al tiempo que besaba a la mujer cubana que tan oportunamente se le había entregado aquella noche. “Pido mi relevo, estoy viejo para esto”, añadió.

“Ya hablaremos cuando se incorpore”, le respondieron desde Madrid.

“No, señor, no habrá incorporación; creo que merezco un buen retiro”.

Permaneció con el auricular pegado a su oreja un interminable minuto y después volvió a entregarse al quehacer amoroso. Jamás se ha sabido de ellos, a pesar de que el G-2 montó una operación tenaz para apresar a la traidora espía cubana que se vendió al enemigo por amor. Puede que esta historia sea real, algo de esto hay; me la refirieron en Caracas con todo lujo de detalles. Pero ya se sabe lo de los cuentos modernos: el autor maneja al lector a su antojo, dando para atrás y para adelante a la historia con tal de mantener la atención del espectador. Ocurriera o no como lo cuento, María y Juan viven el algún lugar del mundo saboreando el único triunfo posible, el del amor, y brindando por la cosa más hermosa del ser humano: la vida. Colorín colorado.

Compartir en Redes Sociales