El hijo de don Arquipo

Por Andrés Chaves

TENÍA LAS MANOS coloradas, como su cara; ásperas y cubiertas de escamas; y no sonreía jamás, sino que lucía un rostro de angustia interminable. Nadie sabía su nombre, todo el mundo lo conocía en la comarca del Norte de Tenerife como el hijo de don Arquipo.

Don Arquipo era rico y dueño de unas veinte fanegadas de plataneras; y tenía una bodega y camiones, pero no sabía vivir. El hijo de don Arquipo se pasaba las horas en la carretera, pidiendo infructuosamente a los automovilistas que lo llevaran a ninguna parte. Extendía abierta su mano llena de escamas y alongaba su cara encarnada desde la cuneta, con peligro de su vida, solicitando a los conductores que pararan. Fue el primer autoestopista de la historia universal.

Así se pasó años y años, ante la indiferencia general y el jolgorio de los niños que, para burlarse, detenían ante él sus cochitos de verga con ruedas de goma de alpargata. El hijo de don Arquipo era amigo de los niños, pero no entendía sus juegos malévolos, ni tampoco que los pequeños se empeñaran en el imposible de que se subiera a sus camiones de verga con volante de caña.

El hijo de don Arquipo había estado cuerdo hacía años, pero le perdió para la razón una vacuna en mal estado que le metió en el cuerpo el galeno Abderramán Sánchez, de la Seguridad Social, llamado en el pueblo el Médico a palos por obvias razones de su propia ignorancia. El hijo de don Arquipo hablaba bajito, como pidiendo perdón, y a su timidez unía una cualidad reñida con la convivencia: no se bañaba jamás, padecía hidrofobia y expelía un penetrante aliento a alcohol aunque era completamente abstemio.

Así veía el Teide el hijo de don Arquipo, desde el Prix.

Así veía el Teide el hijo de don Arquipo, desde el Prix.

La explicación que el médico Abderramán Sánchez daba a este hedor giraba en torno a la simpleza: el hijo de don Arquipo había adquirido su halitosis respirando hondo en la bodega de su padre, en la que el azufre se mezclaba con el mosto y el carburo con la uva verde.

Don Arquipo, el padre, se pasaba dos horas diarias, por los años cincuenta, en el bar de Mundo. Usaba un eterno sombrero con cerco de sudor y departía con Aurora la Gorda, la primera mujer de España que vistió pantalones. Aurora era la dueña de la gasolinera situada frente a la casa de don Emilio Rosa, en la carretera de Tacoronte al Sauzal, muy cerca de la estación del tranvía.

Al bar de Mundo solía ir, a tomar café, Pepe, el Cartero de Tacoronte, un hombre pequeño y sonriente que poseía un enorme miembro viril, con el que dicen que, incluso, hacía juegos malabares. También acudía al bar de Mundo un famoso bujarrón llamado el Matanza, peleón y mal encarado, que ejercía de trucha caminero en los senderos rurales de esta isla, satisfaciendo pasiones inconfesables. Cuando el Matanza, hoy vivo y residente en un hogar de la tercera edad, hacía su entrada en el local, allá con la fresca, se hacía un silencio espeso. Le temían.

El hijo de don Arquipo no murió atropellado por un automóvil, como hubiese sido su destino más lógico, sino a causa de una cirrosis hepática de tipo alcohólico, aunque jamás probó una gota de mosto ni tampoco cantidad alguna de bebida blanca. Bien es verdad que se emborrachó con las burbujas del Agua de Vichy durante los esponsales de su hermana Sisela. Fue el primer muerto de cirrosis alcohólica de la historia de la Medicina que nunca había ingerido un gramo de licor.

El médico Abderramán Sánchez escribió, tras practicarle la autopsia, una carta al Colegio de Médicos, llena de citas clásicas y de conclusiones provisionales, que jamás fue contestada ni tomada en consideración por el organismo colegial. El doctor Abderramán Sánchez se mandó a mudar al otro mundo con esta pena: su único caso clínico digno de ser publicado no había sido aceptado por la comunidad científica local.

 

El hijo de don Arquipo no sabía leer ni escribir, ni falta que le hizo jamás. A pesar de la suciedad de su atuendo lucía unas eternas alpargatas del ocho, blanquísimas. Como cinturón, una soga; los pantalones muy caídos sobre las lonas; y los fondillos del culo brillantes como un haz de luz. En sus ratos de ocio, es decir, cuando no hacía auto estop, amaestraba gorriones que luego vendía por la calle Pancho el Bobo, un curioso personaje de quien se decía que hablaba con los pájaros en su misma lengua. Pancho era su marchante.

El día que murió el hijo de don Arquipo, el 30 de noviembre, festividad de San Andrés, una legión de gorriones ensombreció el cielo de La Victoria; don Amado, el párroco, atribuyó el  hecho a un mensaje sobrenatural relacionado con el fin del mundo. Se vio, cuentan, sonreír al muerto dentro de su caja, en plena misa de duelo; fue entonces cuando Pancho el Bobo, desde el último banco, entonó un canto fúnebre, imitando el canto de los pájaros, que huyeron en desbandada dejando ver de nuevo el cielo.

Los niños jugaban en la Plaza de la Iglesia con sus coches de verga y uno de ellos hacía auto stop a los demás; pronto, la cara encarnada del hijo de don Arquipo, que no palideció ni cuando dejó de existir, se reflejó por unos instantes en el azul, sobre la puesta de sol de Guayonge. Pero esto nadie lo pudo ver.

(Este personaje existió realmente. Mi padre me hablaba de él y yo mismo lo puede ver, en muchas ocasiones, pidiendo que los automovilistas lo llevaran a ninguna parte, apostado en una cuneta de la vieja carretera del Norte de Tenerife).

Compartir en Redes Sociales