El último día de un periodista

El periodista, en la barra del bar.

El periodista, en la barra del bar.

EL PERIODISTA se ha acomodado en un extremo de la barra del bar. Pide un whisky. Celebra, completamente solo, su último cumpleaños. A sus 80, se da cuenta de que su vida ha sido un desastre. Ni siquiera sus hijos se acuerdan de él, ni tampoco sus mujeres, de las que ignora su paradero. El barman le ha saludado con su imperceptible ademán de cada día. El periodista ha sido un hombre generoso y ha saboreado las mieles de la influencia. Su edad provecta, sin embargo, no le da para más. Ahora tiene que estirar los whiskies porque tampoco puede pagarse uno detrás de otro, como en aquellos tiempos. Vive de la generosidad de la Seguridad Social. Jamás ha ahorrado una sola peseta y su existencia discurre entre el bar y las cuatro paredes de su habitación de pobre; entre tongas de carpetas con artículos propios publicados en periódicos y revistas del país. Nunca se ha preguntado para qué sirve todo aquello, pero las carpetas le hacen compañía; igual que su perra, una westin blanca llamada O’Hara. Cierta mañana depositó los despojos de su vida profesional en la basura, pero los recuperó antes de que llegara el camión triturador, porque a media tarde le entró la nostalgia; llamó entonces a su sobrino, el único que le hace un poco de caso, y con gran esfuerzo hicieron regresar las carpetas a la casa. El periodista sintió entonces lo mismo que un padre experimenta cuando su hijo vuelve al hogar, tras años de ausencia. El hombre da sorbitos chicos al whisky; el barman le mira con ojos de pena y de complicidad, lamentando por dentro que aquel viejo que un día fue muy famoso estuviera tan solo y tan acabado y hablara tan poco, porque seguro que tenía muchas cosas que contar. De vez en cuando, el viejo periodista mira sin ver a los parroquianos que frecuentan la barra. De vez en vez, saluda a alguno levantando levemente una mano, sin el más mínimo interés en contestar otros gestos amables, ni tampoco ciertas preguntas. El viejo ha dejado de interesarse por las cosas, ha liquidado lo de valor que tenía en casa, incluso su biblioteca, que vendió a otro periodista que heredó su fama y su mala leche y que tenía treinta o cuarenta años menos que él. Su perra le espera a la puerta del bar, mirándolo fijamente y con las orejas muy tiesas. Está inquieta. El periodista ha publicado treinta libros de ensayos, recopilaciones, cuentos y otros géneros menores y ha escrito más de quince mil artículos y hasta una novela de cierto éxito, pero nada de eso compensa la mala cabeza a la hora de guardar para la vejez, el no haber sido cauto con sus esposas y amantes y el haber sufrido la más espantosa crisis del ser humano, que es la de los afectos.

El periodista pasa ahora revista a su vida, el día de su último cumpleaños, sintiéndose muy mal, con su vaso de whisky en la mano, mirando sin ver a los clientes de aquel bar de sus malaventuranzas, que había inaugurado hacía treinta o cuarenta años, ya no recuerda exactamente cuántos.

Su pelo escaso se ha tornado blanco y sus manos tiemblan un poco, aunque no demasiado. Ha cogido el periódico y lo ha dejado, con un gesto de asco, sobre la enorme barra de madera, musitando su expresión favorita: “Profesión de mierda”. El periodista no lee nada, no le interesa nada, le da igual que el mundo se venga abajo. Tampoco añora a su familia, porque se ha dicho que sufre de escasez de amores; y no cree en Dios, ni soporta a los curas desde que murió su amigo el agustino sabio, que perdonaba todos los pecados, incluso los reiterados de la carne.

La perrita O´Hara le espera en la puerta.

La perrita O´Hara le espera en la puerta.

El viejo periodista ha desempeñado cargos profesionales relevantes en algunas etapas de su vida, pero sus propias contradicciones le hacen dudar ahora de lo positivo de su ya casi olvidada labor; le han puesto su nombre a una calle de su pueblo, pero en general no ha sido muy condecorado; siempre la ha parecido una mariconada eso de los homenajes entrañables. Hasta el punto de que jamás ha transitado por “su” calle, ni tampoco asistió a la colocación de “su” placa. Se ha peleado con el mundo entero, poco a poco y sin darse cuenta.

Reconoce las injusticias cometidas a lo largo de su carrera, recuerda, uno a uno, todos los sobres que recibió y las ocasiones en que escribió al dictado, traicionando sus propios principios, si es que alguna vez los tuvo. Tampoco añora sus clases en la Universidad, que eran muy celebradas por los alumnos porque él, por comodidad, para no tener que pensar, se limitaba a contar vivencias personales debidamente corregidas y aumentadas, que causaban el delirio de los oyentes. Luego, un aprobado general porque le horrorizaba tener que leer las estupideces que hubieran podido escribir sus discípulos en un papel de examen.

El viejo periodista ha desparramado sus recuerdos por la barra del bar, ha agachado la cabeza silenciosamente y ha podido ver, a lo lejos, a la perrita que le mira desde la puerta; evidentemente, el animal presagia algo. Los perros siempre adivinan la muerte de sus dueños con bastante antelación y entonces se tornan más cariñosos, obedientes y mimosos.

El periodista no sabe que se muere, pero su perra sí. El barman está ausente de tanta tragedia, sirviendo copas a sus clientes, extrañamente callados. El periodista recuerda a su abuelo y a su padre, también del gremio; ambos murieron ante la máquina de escribir. Y entonces vuelve a pronunciar su frase favorita: “Profesión de mierda”.

Recientemente, el hombre de esta historia ha soñado que sus días acaban  a bordo de un avión. Un momento de espanto, sólo décimas de segundo, y el silencio absoluto. Pero él no volverá a subir a un avión; hace años le invitaron a una fábrica para explicarle por qué se caían los “DC-10”. Envió crónicas a medio mundo sobre los motivos de los graves accidentes mortales. Un enorme bulón que sostiene cada motor fue la causa de aquellos desastres. Cuando los mecánicos reemplazaban los motores para realizar las revisiones periódicas, empujaban la carcasa, valiéndose de una grúa, para aflojar el tornillo; y no al revés: aflojar primero y luego retirar con la pluma el reactor. “Qué tontería”, rezonga el periodista, “y por eso murieron más de mil personas”.

El barman pregunta si ha dicho algo y el periodista responde que no, que él nunca dice nada. El barman asiente. Al periodista le arde la próstata, le duelen las piernas, casi no se tiene en pie. Nota que ha envejecido casi de repente, en una sola mañana. Sabe que lo que bulle en su mente no es una metáfora: realmente ha envejecido en una sola mañana, o en una sola tarde, qué más da.

Los personajes de su novela comienzan a danzar de forma siniestra en la pista de baile de sus recuerdos remotos; esta danza le acompañará hasta el mismo minuto de su muerte; como si los personajes de su novela se resistieran a dejarlo solo; como si quisieran ocupar el puesto de sus familiares ausentes, desaparecidos, indiferentes.

El viejo periodista se siente rodeado por sus recuerdos, asediado irremisiblemente por sus miserias porque entiende que la gloria no la conoce, que todo era mentira, que los culichichis que le adularon un día eran gnomos de una selva infantil e intrascendente. Y entonces muere.

De pronto se siente sobre su hombro una suave mano femenina; abre los ojos; es su esposa: “Despierta”, le dice, “las niñas te esperan, mi amor”. El periodista abraza y besa con inusual agitación a la joven mujer, que sonríe, gratamente sorprendida por la demostración de cariño de su marido, que había soñado con su muerte el día que cumplía los 80 años.

El joven y brillante escritor sabe desde este mismo instante que debe dar un giro copernicano a su vida para no parecerse mañana al periodista del sueño, cuyo único ser real, al menos por el momento, es la perra O’Hara, que menea la cola y lame los pies de su dueño mientras éste salta de la cama. Dos preciosas niñas de uniforme se le echan encima. Como cada día, él las llevará al colegio.

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