Historia de un penalti

Por Andrés Chaves

Íker voló para detener el penalti.

Íker voló para detener el penalti.

EL PORTERO Íker Casillas miró hacia el reloj del estadio, que marcaba el minuto 44 del segundo tiempo. Había hecho tres paradas sobresalientes, una de ellas a tiro de un golpe franco; antes le decía fould. Su equipo ganaba por 1-0 al rival de esa noche, el siempre peligroso Milan, en la final de la Champions Ligue. El estadio de Copenhague hervía, con las aficiones de ambos equipos disputándose el griterío mayor. De pronto, un delantero del Milan, Íker ni siquiera se dio cuenta de su identidad, penetro en el área por el mismo centro. Como un cancerbero rabioso le esperaba, dentro del rectángulo, el argentino Samuel (su récord, su timbre de gloria: una falta por entrada). Íker había trazado, desde el comienzo de la segunda parte, con la punta de su bota izquierda, esa raya mágica que los porteros graban en el césped, desde el punto de penalti hasta el centro de la línea de gol, para orientarse. Controlaba perfectamente la jugada, se hallaba situado en el lugar exacto para apropiarse de la bola; la pelota era suya, pero Samuel se empeñó en patear al delantero que entraba, cayó derribado junto a los pies del portero. El central argentino levantó los brazos. Un árbitro sabe que cuando un jugador de fútbol levanta los brazos es siempre culpable. Íker Casillas no quería escuchar el silbato del referee; deseaba que aquel fornido alemán no se hubiera dado cuenta del patadón clamoroso, propinado por el poco delicadoSamuel al virtuoso delantero italiano Inzagi, Pero el colegiado no lo dudó, hizo sonar su silbato y señaló con su mano abierta el punto de penalti. El reloj del estadio marcaba entonces el minuto 45, pero parecía que había transcurrido una eternidad desde que aquel hombre entró en el área hasta el momento en que el germano pitó la máxima pena posible: penalti. Los jugadores del Real Madrid se echaron encima del colegiado, que los apartó de un manotazo, al tiempo que mostraba la cartulina roja al violento argentino, que abandonó el campo refunfuñando. Hernán Crespo, delantero platense del Milan, tomó entonces el balón amarillo en sus manos y lo colocó en el punto que los cronistas deportivos llaman fatídico. Íker recurrió entonces a los trucos de siempre: escupió en el balón, con tan buena suerte que su lapo impactó en una de las botas del lanzador, que miró al guardameta con rabia; desplazó una y otra vez la bola del lugar donde la había colocado el delantero, en un intento de ponerlo nervioso; provocó que el trencilla alemán le mostrar la cartulina amarilla; recibió el consejo de su compañero Roberto Carlos: “Va a tirarlo a tu derecha”. Íker no escuchaba el clamor del público, ni tampoco notó el silencio que se hizo en el momento en que Hernán Crespo establecía en sólo dos metros la distancia entre él y el balón. “Lo tirará con poca potencia”, pensó el portero del Real Madrid “y lo intentará cruzar a la derecha el muy cabrón”. Íker pensó en sus padres, que estarían viendo el partido en el televisor del bar. Y en su entrenador, que le miraba, mudo y tremendamente serio, desde el vértice más cercano de su prisión rectangular. El delantero tenía claro que iba a situar la pelota, muy colocada, a la izquierda del meta; y más bien alta, para que no le diera tiempo a reaccionar. Sabía que Íker esperaba un disparo cruzado a la derecha de la portería. Vio cómo el guardavallas, que lucía un jersey rojo muy llamativo, se había situado ligeramente a ese lado, como intentando ganar ventaja. Le pareció que la meta se empequeñecía un poco y que la figura de su custodio había crecido a lo ancho. Pero sacudió la cabeza para echar fuera de su cerebro el pensamiento clásico de un hombre poseído por el exceso de responsabilidad: penalti, minuto 45, final europea, pasaporte para la prórroga, mejor condición física de sus compañeros, el Madrid con diez jugadores en el campo, victoria casi segura. Hernán Crespo inició su cortísima carrera hacia el balón y su pierna derecha impactó con el cuero, que salió disparado a una velocidad de unos 80 kilómetros por hora. Íker había puesto sus ojos en los del lanzador, no en su bota, ni siquiera en el balón amarillo. Inició un ligerísimo giro hacia la derecha, pero en décimas de segundo adivinó la intención del delantero de enviar el balón a la escuadra contraria. Con todas las fuerzas de sus piernas, con todo el ímpetu de su juventud, con toda la energía adquirida en los entrenamientos, el portero titular del Real Madrid se estiró como un gato hacia la parte más alta de la cruceta derecha. Con pavor, vio aquel balón, no excesivamente fuerte, que viajaba irremisiblemente camino de la red. El portero del Real Madrid ha leído los ensayos del preparador físico del Athletic de Bilbao y de la Selección Española, Manolo Delgado Meco. En su conclusión, la tesis dice que un tiro de penalti lanzado a más de 80 kilómetros por hora y que sea orientado entre los tres palos no puede ser detenido por el portero, a no ser que éste tropiece con el balón. No es este el caso, porque la pelota vuela muy alto y ello hace que sea todavía más difícil rechazarla. Íker está suspendido en el aire y sus oídos se han abierto al clamor del estadio danés. Es entonces cuando se da cuenta de que puede llegar y en un último esfuerzo estira aún más el brazo izquierdo, cuya mano está enfundada en un guante especial que atrae los balones, como el imán al hierro. La pelota va a entrar en la portería, pero dos dedos de la mano logran desviarla unos centímetros y hacerla chocar contra el larguero. El delirio. Roberto Carlos se encarga de controlar la bola rechazada y enviarla al tercer anfiteatro del estadio, mientras el colegiado alemán señala el final del partido. Íker es izado en hombros por sus compañeros de equipo y los periódicos deportivos titularán al día siguiente que el Madrid ha logrado una victoria “épica”, gracias a que un joven de 23 años llamado Íker Casillas detuvo un penalti en el último minuto del encuentro.

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