La historia sin final de Mariquilla

Por Andrés Chaves

GLORIA COLOCÓ sábanas limpias en el canapé king de la habitación principal de la casa de tapadillo de doña Carmen la Quemada. Llevaba diecisiete años y cinco meses realizando la misma operación cada vez que un cliente salía de la alcoba, situada en el piso cuarto de un edificio diseñado por el arquitecto Marrero Regalado, en 1942. Habían cobijado en aquella estancia, bajo el discreto alcahueteo de doña Carmen, generales de brigada y de división, militares de menor graduación, gerifaltes del sindicato vertical, terratenientes de poco o ningún escrúpulo, jovencitos y jovencitas de primer amor, elegantes damas de la alta sociedad ansiosas de aventuras inconfesables, maricones que siempre fingieron no serlo ante sus esposas e hijos y toda la fauna variopinta de una ciudad pequeña y con ciertos prejuicios, por lo que se ve.

Don Quirino hizo repicar el aldabón de la puerta seis veces a las seis en punto de la tarde de aquel jueves del mes de junio de 1971 y, una vez traspasó el umbral, puso sobre la mesita de la entrada un billete de mil pesetas. Había cumplido los 75 años, pero sus hábitos austeros y su ejercicio de andar le hacían parecer notablemente más joven. Durante la guerra civil, don Quirino había hecho fortuna como patrón de las lanchas rápidas, sector del tabaco americano y del medicamento “Roter”, este último indicado en las úlceras de estómago.

El cuervo Azabache, más viejo que doña Carmen la Quemada, miró a don Quirino desde su privilegiada atalaya de rejas, allá arriba, mientras daba cuenta de un muslo de pollo y de lo que hacía un rato había sido un bocadillo de mortadela italiana. El pájaro llamó a Inmaculada Ho por su nombre y apellido y la invitó a entrar en la alcoba que Gloria había terminado de arreglar. Azabache reconocía, incluso antes de que los clientes hicieran sonar el aldabón de la puerta, a treinta y ocho visitantes habituales del tapadillo de doña Carmen, y sus ruidosos anuncios significaban, sin duda, un alivio para aquella grey.

El viejo Quirino siempre fornicaba con Inmaculada Ho, cuyo nombre verdadero era Hi Tse Hi. Había nacido en Cantón, recaló en la isla al final de la segunda gran guerra y se había librado de su dueño, frente al Roque de Afuera, tirándolo por la borda del “Cap Polonio” cuando lo halló borracho, vomitando, alongado en la barandilla de popa. Regocijada, vio cómo la hélice del buque destrozaba la cabeza del chulo en medio de la raya de la luna. Inmaculada Ho había sido bautizada, por consejo de su nuevo protector, en la iglesia de la Concepción, el 22 de junio de 1950, derramando sobre ella las aguas bautismales el reverendo padre Luis María Eguiraum, S. J.

Don Quirino, en confesión, le había confiado al sacerdote la procedencia y la profesión de Hi Tse Hi, su pecado continuado de lujuria y la muerte intencionada del chino. El sacerdote le contestó, también desde el confesionario, que el sacramento del bautismo, que perdona el pecado original, borra otras faltas menos graves, incluso el homicidio. El viejo pensó siempre que con aquello había cumplido con la Iglesia y aliviado su conciencia. Inmaculada Ho se quitó la bata de cola de raso blanco y le mostró, por no se sabe qué vez, su espléndida madurez asiática. “Vaya cuerpo cojonudo que tienes, condenada”, acertó a decir el respetable contrabandista. Exactamente la misma frase que pronunciaba cada vez que Inmaculada Ho le dejaba ver su bella estructura corporal. La habitación se llenó de la fragancia de “Agua de Rosas” y los dos se entregaron a su frenesí, mientras Azabache los miraba fijamente con sus ojos negros por entre la puerta semiabierta de la alcoba.

El cuervo emitió un sonido ensordecedor cuando apareció en la antesala Adolfo, el maricón palanganero de doña Carmen la Quemada, algunos decían que su propio hijo. Adolfo había ejercido de marinero en el buque “Plus Ultra”, ruta Tenerife-Cádiz, y ahora era el aguador de la casa, entendiéndose por tal el encargado de llevar y traer la bañadera de los primeros aseos, tras los breves e intensos momentos de amor. También había realizado tareas de ballet de piso en el hotel Ritz de Barcelona. A veces, nunca con el señor contrabandista, Adolfo se propasaba frotando los exhaustos miembros viriles de los clientes, no sin cierta complacencia por parte de alguno de ellos. Pero se lo tenían prohibido. Igualmente había ejercido como maricón de playa y como sarasa de water, dos oficios ahora en el olvido, pero que habían hecho fortuna en el pasado.

Azabache y Adolfo eran incompatibles. Cuando doña Carmen se hallaba ausente, lo que solía ocurrir rara vez, el ayudante de aguas echaba perejil al cuervo, disimulándolo entre su comida habitual, ignorando sin duda que el perejil sólo mata a los loros; y no a todos. El pájaro jamás probó el perejil, más que por perjuicios alimentarios por destrozar la moral de su frustrado asesino.

Adolfo tocó levemente en la puerta semiabierta y una voz le invitó a pasar. Dejó la borsolana sobre la coqueta de caoba y miró de reojo la culminación de la faena. Lanzó un suspiro hondo y salió, santiguándose, como hacía siempre que terminaba su cometido. El cuervo volvió a gritar y repitió, tres veces: “Adolfo, maricón”, mientras éste le lanzaba una mirada de desprecio, subiendo las dos cejas, y se perdía hacia la cocina, ejerciendo un leve contoneo, lugar donde departiría durante los próximos minutos con tres compañeras, una soltera y dos amas de casa, de Inmaculada Ho.

Mientras todo esto ocurría, Carmen la Quemada, con su eterno pañuelo anudado al cuello, echaba las cartas, en su cuarto, a Cambray Zamorano, un filipino viejo que dirigía el tráfico como nadie en la ciudad. La hacía tan bien Cambray que el alcalde pensó en nombrarlo instructor de la Policía Municipal, pero el secretario del Ayuntamiento hizo ver al edil la inviabilidad legal de la ocurrencia. Entre otras cosas, porque Cambray Zamorano no existía. Carmen conocía la vida de Cambray desde su nacimiento hasta su muerte porque el filipino desdentado había muerto tres o cuatro veces desde hacía muchos años y sólo aparecía, de vez en cuando, en la estancia de la dueña del tapadillo y en el despacho del alcalde.

Las cartas, invariablemente, contaban que Cambray había sido rico heredero, que había vivido en La Orotava, que era hijo de don Escolástico Dobón, marqués de Santa Rosa, y que había permanecido toda la vida oculto en un altillo de la casa familiar junto a una prima inválida que escribía novelas sin final.

¿Que por qué lo ocultaban? Porque era hijo del marqués y de una criada de La Florida, de nombre Severina, que había cautivado al noble gracias a su muy poblado vello púbico. El marqués Dobón era un obseso del vello púbico.

La prima Mariquilla tenía tal facilidad para crear personajes y para complicar historias que en cierta ocasión escribió un relato con 11.643 protagonistas, todos ellos perfectamente enlazados, sin equivocarse ni una sola vez, ni caer en contradicción alguna. Pero no sabía terminar sus relatos y, de tanto en tanto, caía en una profunda melancolía, ella decía que para tener tiempo de pensar en un final que nunca llegó, ni siquiera con su muerte, ocurrida un Viernes Santo, o quizá un Domingo de Resurrección, allá por el año 1947.

Cambray y Carmen la Quemada se divertían arrancando a un tarot azteca viejas historias de personajes de la ciudad. En cierta ocasión le echaron la baraja a don Quirino y fueron tan duras las conclusiones que el viejo contrabandista, cuando las conoció, la emprendió a bastonazos con una cercana y artística mesa de noche y la partió en dos pedazos. Fue la única vez que perdió los papeles en tantas tardes de amor y jamás doña Carmen, consternada, se atrevió a repetir la mala suerte.

¿Qué dijeron las cartas para provocar tal ira en nuestro sereno personaje? Mucho  y malo. Dijeron las cartas que Quirino se transformaría en uno de los personajes  sin final de los cuentos de la inválida; que por sus muchos pecados iba a sufrir el castigo de no morirse nunca; y que padecería de doloroso priapismo a los 75 años de edad y para siempre, sin poder hacer un amor gozoso –dada la incomodidad– con Inmaculada Ho, ni con ninguna otra mujer.

Fue tal el impacto que causó en el viejo la predicción de las cartas que acudió, en solicitud de información, a un condiscípulo de bachillerato y amigo, el médico don Rosendo Díaz, internista de prestigio en el antiguo hospital, hoy jubilado. El galeno le aclaró que el priapismo es una dolorosa enfermedad que consiste en un endurecimiento atroz del pene, cuyo alivio necesita cirugía y cuyo resultado final es casi inevitablemente, la impotencia. Le ilustró el médico sobre los efectos secundarios de la dolencia: desesperación, ganas de morir sin conseguirlo, dolor intenso en el bajo vientre, rechazo al sexo y odio a los estímulos carnales.

Sin decirle a Quirino ni media palabra, doña Carmen la Quemada y Cambray Zamorano preguntaron al tarot azteca, aquella misma y aciaga tarde del enfado del contrabandista, si existía alguna remota posibilidad de un desenlace feliz para tal desvarío y fue entonces cuando apareció en una de las cartas la cara pálida de Mariquilla, en medio de una luna asiática desparramada, ella muerta de risa, gritando que por qué le preguntaban tal cosa si ellos dos sabían que sus historias jamás tenían final. Se asustaron tanto que reburujaron las cartas del tarot azteca y no las volvieron  a tocar en muchos días.

Entre recuerdo y recuerdo, Cambray y Carmen no se dieron cuenta de la hora que era. Gloria había colocado la capucha negra a Azabache para que el cuervo durmiera confiado hasta el amanecer. Se habían despedido de Adolfo las tres misioneras del amor, dos de ellas para volverlo a hacer con honestidad con sus maridos, olvidando las historias de media tarde. Inmaculada Ho entregó el bastón a don Quirino, que se perdió, sigiloso, escaleras abajo. Y entonces fue cuando escuchó un tremendo grito en aquella oscuridad, un grito de dolor, y después varios pasos vacilantes. Doña Carmen, Adolfo y Gloria salieron al balcón y vieron al viejo contrabandista echarse mano al bajo vientre mientras una carcajada pareció salir del cielo. Era Mariquilla, que había abandonado por un instante el Más Allá. Doña Carmen reconoció entonces su risa, que anunciaba una nueva y dolorosa historia sin final.

 

 

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