Reflexiones de un hombre solo

Por Andrés Chaves

SE ACERCÓ a la terraza del apartamento y vio la buganvilla seca: “Coño, la criada es incapaz de regar una planta”, pensó. Juan Hidalgo Martín, con documento nacional de identidad, el que fuera, pasaba su primer día de soltería, luego de catorce años, cinco meses y tres días de amor oficial. Tenía cuarenta años, una profesión, un negocio, discos de Roberto Carlos y su cama olía a perfume nuevo.

Y detrás vio la buganvilla que se secaba.

Y detrás vio la buganvilla que se secaba.

Los olores recuerdan determinados momentos de la vida de la gente. Juan Hidalgo Martín deseaba con toda su alma que los nuevos momentos fueran eternos, pero también lo había querido otras veces. “Siempre hay una ocasión definitiva”, se dijo, al mismo tiempo que de la mini cadena de música salían sonidos de piano. Un tango. Había conectado su ordenador. Quizá intentando escribir una novela estaba construyendo su propia biografía. Ni siquiera sabía si su biografía servía para algo, si tendría algún interés. Se había levantado, es verdad, soñando con el “Planeta” y con la cara redonda y blanca del hijo de Lara, sonriendo. Vio la cena de entrega del premio y había soñado con alguien que le apretaba el hombro y le hacía una señal, con el dedo gordo hacia arriba, como los mecánicos de aviación cuando indican a los pilotos que enciendan un motor.

Detrás de él estaba la buganvilla seca; y su camisa olía a amor nuevo. No sabía hacer la cama, ni prepararse el desayuno. Pero volvía a querer con toda su alma. Juan Hidalgo bajó, valiéndose del mando a distancia, la música del compacto. Había llamado a sus hijas: “Papá, tráenos la película del Pato Donald”, pero en su mente revoloteaban los olores. “El personaje de mi novela”, pensó, “puede ser un hombre obsesionado por los olores. Un  hombre que al llegar a los cuarenta años, no, a los cincuenta, mejor, pasa revista a su vida a través de los olores de las mujeres que ha amado”.

Tachó “ha amado” y puso “ha querido”. “Es más nuestro”, se dijo, “lo otro parece cursi”. Sabía que tendría que aprenderse marcas raras de perfume, porque de lo contrario iba a ser todo demasiado real, demasiado autobiográfico; y dudaba a la hora de idealizar a la mejor mujer del protagonista.

Habló en voz alta: “¿A quién, a Susana, que antes de hacer el amor empapaba el pañuelo en colonia de marca? ¿A María, que sabía que me volvía loco el perfume de “Armani” y se lo echaba en el cuello? ¿A Lourdes, que dejaba caer un chorro de “Miss Dior” por el cañón que formaban sus enormes pechos?”.

El argumento, eso sí, podía ser el de un hombre obsesionado por las mujeres, que acabó preso de los olores de sus amantes, loco, en un manicomio, después de haberles dado todo lo que tenía. Juan bajó al mínimo la música de compacto. Roberto Carlos hablaba de estrellas y de la telepatía, se quejaba. Juan repitió las palabras de aquel electricista que instaló en su oficina el aire acondicionado: “Este tío no canta; parece que está dando un recado”.

Había intentado varias veces construir un relato novelado, sin éxito. Su propia deformación profesional de periodista le llevaba, inevitablemente, a la crónica. Su forma de escribir era de libro de estilo de “El País”. Tenía tanta capacidad de síntesis que fracasaba cada vez que iniciaba un relato novelado. Es cierto que lo había conseguido con la gesta de aquel militar de la República, pero también lo era que lo contado no había pasado de  un puñado de folios.

El cuartel de Hoya Fría, que hacía honor  su nombre.

El cuartel de Hoya Fría, que hacía honor su nombre.

Juan quería escribir una novela para toda la gente de su generación, pero que no pareciera una autobiografía de mierda. Recordó a Julián Marías, que empezó a relatar lo que quiso de su vida a los setenta y cuatro años. Tenía delante de él una foto de “la huerta”, el enorme patio de tierra de la casa de sus abuelos, con sus compañeros de colegio, sus primas –siempre hay primas, en todas las historias– y una criada tetuda. “¿Dónde estará esta tía guarra a la que mirábamos por la rendija de la puerta del cuarto de baño?; se pegaba media hora enjabonándose el sexo, como si supiera que la estábamos observando”.

Recordó cuando los primos se medían el pito, a ver a cuál de ellos le crecía más cada mes, y se contaban los pelos del pubis, en un concurso que era más producto del aburrimiento de la época que del despertar a la vida.

Ahora estaba de nuevo soltero, enamorado del todo, pero como si hubiera atravesado un gran desierto: no sabía lo que era la música ácida, era incapaz de salir a bailar rápido –bailar rápido, así dicen los puretas–, ignoraba del todo el manejo de la lavadora, conocía, por referencias, que la ropa de color no puede mezclarse en el tambor con la blanca; y recordó que, incluso en el cuartel, en aquel horrible cuartel de Hoya Fría, un “ayudante” llamado José Luis le hacía la cama.

“Joder, ¿habrá sido todo una pérdida de tiempo?”, se preguntó. “A lo mejor es que empiezo a vivir ahora, que no me había enterado de nada, que había pasado de noche por la vida”. Juan había oído decir, y el relato le zumbaba de vez en cuando en los oídos, que los condenados a muerte, cuando esperan la ejecución, repasan su vida a velocidad increíble, en pocos minutos. Él no estaba condenado a muerte, pero tenía ante sí el reto de su vida: escribir la novela de su generación, a través de las mujeres de su generación y de los olores de las mujeres de su generación.

“Alguna se va a sentir traicionada por el protagonista. O sea, que tengo que echarle imaginación, cambiar las situaciones y no dar pistas, que hay mucho hijo de puta en este país y empezará a relacionar”.

Recordó a Inma, que no olía a nada, pero que clavó, emocionada, los tacones de sus zapatos en las paredes de la oficina, cuando hicieron el amor en el suelo, con el culo más frío que un témpano y una sinfonía de teléfonos sonando alrededor, absurdamente. “Esta debe quedar descartada, no recuerdo su olor”, pensó. “O la metemos de relleno, en el colmo de la imaginación: la mujer que no desprendía olores”.

Había escrito, en su vida, artículos sencillamente buenos. Uno de ellos, en un periódico de las islas. Le habían telefoneado sus amigos para felicitarle. Se titulaba “La generación del sida”. Y venía a hablar de la maldición del cielo hacia los que teníamos cuarenta en 1989. Vivieron la post guerra, la represión sexual de los curas. Luego llegó el turismo y echaron sus primeros polvos, casi todos ellos con mujeres mayores, sin amor, con un ojo en la puerta del coche y el otro atento al guardia, por si llegaba. Deprisa y corriendo, más emocionados con el riesgo de ser sorprendidos, que tanto le pone a uno, que con el placer de un sexo volandero. Luego se casaron, algunos se divorciaron, habían tenido hijos, habían hecho negocios, habían ganado dinero y cuando se disponían a reivindicar su condición de aventureros, aparece el sida.

“Antes lo hacíamos con las criadas; me pegaba revolcones con aquella gorda, en casa de mi abuela. Teníamos miedo a las purgaciones y a que don Saturnino, el médico, se enterara de que las habíamos agarrado. Ahora es el puñetero sida. Estamos condenados a no follar nunca. Es una mierda.

¿A qué olía aquella gorda? Olía a limón. Yo creo que exprimía limones sobres sus pechos, por la noche, para que le crecieran. Tenía un novio, yo escuchaba sus gemidos en el zaguán, en la oscuridad, mientras mi abuelo, que estaba sordo como una tapia, cerraba con llave un pequeño cajetín que había colocado en el enchufe del televisor para que nadie lo pudiera encender, si él no estaba presente; y luego se iba a acostar. Mi abuelo tenía una úlcera cancerosa en un pie y utilizó, durante años y años, “Tipolín”, una especie de gasa muy aséptica que acabó por gangrenarle la pierna al cabo de los siglos.

Coño, pobre Tato, era bruto, pero bueno. Recuerdo que cuando se hacía el nudo de la corbata y el rabo fino le quedaba mayor que la parte ancha, la cortaba con unas tijeras. Yo me descojonaba de risa”. Miró como siete veces la buganvilla, comprobó que la maceta tenía agua hasta arriba. Se preguntó que cuando le entregara los folios a Crista, al día siguiente, para que se los corrigiera, ésta iba a averiguar parte de su vida. “Y no me interesa. Hay que cultivar el mito. Todo es un mito. La historia está llena de gente corriente, pero mitificada. ¿A qué huele Crista? No, de Crista no puedo hablar, entre otras cosas porque ella no es una mujer de mi vida. Crista huele a limpio y las mujeres que huelen a limpio son mujeres de su casa. Qué chorrada. Esto lo borraré cuando revise el original”.

En su nuevo apartamento de soltero reciente, con cuadros dedicados de César Manrique en las paredes, Juan Hidalgo, cuarenta años, estrenando estado, sufrió la súbita aparición del artista. “Ese cabrón me dio un beso, el otro día, en Lanzarote, cuando asistí a una conferencia. Menos mal que no había fotógrafos”. Cuando volvió a mirar para la pequeña foto cuadrada, de cuatro por seis y medio, que tenía sobre la mesa, pensó que la historia de las personas que figuraban en ella eran también crónicas grises. Ninguno había sido premio Nobel, todos estaban pasando por la vida de mediocres para abajo: las mujeres se habían quedado preñadas, se habían casado, se habían separado. Los hombres eran médicos, o empleados, o nada.

“Mamá sigue casada con papá, después de un paréntesis, y Tata murió de cáncer. Me acuerdo de que le dolía mucho el brazo. Recuerdo a Tata con el brazo hinchado, la pobre. Era una santa, pero de verdad, sin aristas. Una santa. Esa foto me obsesionaba un poco. No olvido la cesta de tomates que papá nos colgó en la pared, en los inicios del baloncesto, para que practicáramos con una pelota que nos trajo de Alemania uno de mis tíos; no, que nos dejaron los Reyes. La marca la recuerdo: “Ceplástica Ariz”. Era española, claro. La rompió mi hermano. La dejó clavada en un cactus, de un chute, y creí que con la pelota se moría un pedacito de mí. Yo nunca tiraba los juguetes, porque pensaba que tenían vida y que abandonándolos podían morir de tristeza. Creo que a mi hija mayor le pasa igual. Es tan sensible como yo”.

Recordó que, en aquella época, se enamoró de su prima; Juan se lavaba los dientes al mismo tiempo que ella iba al cuarto de baño a orinar. Ese fue su compromiso sexual, su secreto. Nunca se dijeron nada, nunca se tocaron más allá de un abrazo. Sólo cada día, a la misma hora, uno se lavaba los dientes y la otra orinaba, con la puerta cerrada, mirándose de reojo. Debían tener catorce, quince, años. “Estas cosas, ¿le habrán pasado al resto de la gente, o seré yo raro?”, se preguntaba. “La verdad es que siempre he tenido vergüenza de contarlo, de preguntárselo a ella. A lo mejor mi prima lo hacía como la cosa más natural del mundo, o puede que yo fuera un salido. Uno nunca aprovecha las oportunidades, uno nunca coge el jodido tren a tiempo. He visto pasar mil veces el tren por la estación de mi vida y no he saltado al estribo. Soy un cobarde. Soy un conservador. Soy un gilipollas”.

Le invadía un sentimiento de ternura. Estaba bien para escribir. Se sentía querido. Recordó a su abuela, Lola, y a su abuelo, Pedro. El día antes de morir, su abuela le había llamado hasta su sillón, en el que leía una novela. “Un día de éstos me muero”, le había dicho la anciana. “Abuela, qué tontería”, intentó tranquilizarla. “No te preocupes. Tu abuelo (que había muerto años antes) estuvo aquí esta tarde. Me tocó en el brazo y no me dijo nada. Sonreía”.

Esa noche se la llevó. “Se me erizaron los pelos”, contaría Juan años más tarde. “Comprendí que una de las personas que más había querido en mi vida se había marchado, con su viejo, que la había venido a buscar”. Esa noche, su abuela se fue a la cama temprano para irse con él, harta de vivir sin el único hombre de su vida. Por la mañana la encontraron sonriendo. Fría, pero sonriendo. “¿A qué olía mi abuela?: olía a chal de lana, a sábana limpia. Cada vez que iba a verla, ella me regalaba una foto antigua, amarilla. En una de tantas había escrito: “A mi nieto, con todo cariño”. Era un retrato de ella, de niña, con su madre, una cubana guapa, de las de entonces. ¿Dónde estará esa foto? Tengo que encontrarla porque debe ilustrar la novela” ¿A qué huelen las fotografías antiguas?: huelen a muerto.

Joder, se había muerto ya hasta don Rogelio, el retratista, el fotógrafo local, que manejaba como nadie el brillo. Los fotógrafos de antes usaban mejor los fijadores, ahora meten los clichés en una máquina y salen todos los positivos iguales. Son unas máquinas japonesas, caras. Don Rogelio cargaba cámaras de seis por seis, de cajón, y estaba en todas partes, aunque creo que siempre llegaba tarde. Era nieto de don Rogelio Majón, que fue pintor y fotógrafo. Rogelito, su hijo, había sido compañero de colegio de Juan, y vive en El Hierro. “¿Por qué demonios me habré acordado ahora del viejo?”. Era bajito, calvo, buenísima persona.

Los muertos. Juan no había visto uno, de cerca, hasta que murió Tata. Cierta vez le sorprendió mucho ver los zapatos de un muerto, un profesor de gimnasia, Carlos Valencia, que falleció en accidente, en la curva del Taoro. Vio aquellos zapatos marrones, que se querían salir de la sábana, y sintió un escalofrío. “Los muertos tienen que estar tremendamente solos”, se dijo. Siempre hablaban de la muerte en los ejercicios espirituales. Cuando, en Madrid, un día, le contó a Raquel que se había marchado, que había huido de la Casa de Ejercicios, porque le hablaron de la muerte, Raquel no entendía nada. Raquel era una belleza del trópico. ¿A qué olía? A nada. Tenía 29 años y no sabía hacer el amor. Se había ido con Juan, a donde Juan quisiera, y Juan lo que deseaba ardientemente, pasados los primeros deseos, era repatriarla. Pasó Raquel por su vida sin pena ni gloria, sin dejar detrás olores. Había dejado a su novio por Juan, el enamorado casi se suicida y Raquel insistía en que ella había conocido el sexo con Juan, que lo demás no le importaba y que su novio estaría igual de bien muerto que vivo. Juan la llevaba a las boutiques de la Isla Margarita y de Caracas; y ella se probaba, divertida, lo que luego él le compraría.

Un día la dejó de querer, de repente. Había ocurrido siempre así. Y se dijo: “Es que no recuerdo ni su olor. O sí, me parece que olía a un “Chanel Número Cinco” que yo le regalé”. Marilyn se bañaba en “Chanel”, pero todo lo que se cuenta de las artistas es mentira. “Me lo dijo Tracy, la sobrina de Joan Collins, almorzando en casa: “Mi tía no sale mucho, siempre tiene dolor de cabeza. Mi tía es bajita y usa zapatos de enormes tacones”. Si la Collins hubiese escuchado a Tracy, la brea a palos por contar sus secretos. “Tracy me confesó hasta con quién follaba su tía, en la casa de Sunset Boulevard”. Tracy es hija de Jackie Collins, la escritora propietaria de “Tramp”, en Londres, autora de aquel best-seller, “El semental”.

El "Cintra Pirata", escenario de amores de juventud.

El “Cintra Pirata”, escenario de amores de juventud.

Juan recordó cuando, una vez, en la capital inglesa, fue a mear al water del “White Elefant”, un club privado, y se encontró a Demis Roussos, el gigante griego, intentando encontrarse la picha por entre los pliegues de aquella túnica. “Y esa misma noche cenaba, junto a nosotros, en la mesa de al lado, el príncipe Andrés con Koo Stark, su novia, y Michael Caine. Estaban los tres descojonados. Seguro que hacían chistes de la reina de Inglaterra”.

Juan había ido a Londres con su mujer y los tíos ricos de ella le habían paseado por la ciudad, desde “Halligan” al “Tramp”, desde el “White Elefant” al “Anabel’s”. Qué vida. O no, quizás no.

Volvió a pensar en los muertos: “Los muertos por accidente siempre pierden los zapatos. Pero Carlos Valencia los tenía puestos. A lo mejor se los puso don Saturnino, cuando se lo llevaron al despacho. No, don Saturnino es un despistado. Una vez le llevaron al “Fufa”, el barrendero; había sufrido una caída. Estaba lleno de mierda, hecho una pena. El médico le había dicho: “Bañen a ese tipo y luego me lo traen, limpito”. Don Saturnino era tan buen médico como persona despistada. El medianero de su finca, Pepe, bajaba todos los sábados con un burro, a rendirle cuentas a doña María, la esposa del galeno, y a llevarle verduras. Pepe dejaba el burro “Nerón” amarrado en el interior del garaje del médico, en donde había una enorme argolla, para atar cabalgaduras. Un día se encontró el garaje cerrado y amarró al jumento en la defensa del “Peugeot 204” del doctor, que se encontraba aparcado en la calle. Al médico le llamaron de urgencia, salió disparado en su coche, mientras el burro se abría de patas y soltaba chispas por las herraduras, al arrastrar éstas por el empedrado e la calle Blanco. El médico gritaba: “¿Qué le pasa a este coche, que no camina?”. Hasta que Marianito Ruiz, que le ponía rabos a los chiquillos con la excusa de enseñarles cuentos de colores, no le hizo gestos ostensibles al galeno, éste no detuvo el automóvil. El burro se murió del susto días después. Marianito también murió. Su vida estaba llena de salideras: Desnudaba a su mujer, Gracianita, y la bañaba en el patio de su casa, con una manguera, en medio de la algarabía de los ocupantes de los pisos altos, vecinos de Marianito. Cuando fue más viejo se loteaba, en su coche, con una hija bastarda que tenía, ante la curiosidad de todos nosotros, que le acechábamos donde quiera que fuese. Luego iba a comulgar a los Agustinos.

Compartir en Redes Sociales