Un muerto gris y afilado llamado don Elcear

Por Andrés Chaves

EL MUERTO estaba, boca arriba, sobre la cama de caoba y patas de tigre que maestro Pepe el Redoblante había construido en su taller de La Orotava, en enero de 1910. En vida, el muerto se llamaba Elcear Gutiérrez de Almenar y Montes y había nacido en Santa Cruz de La Palma el 11 de enero de 1899. Falleció de pulmonía cercano a los cien. El muerto tenía los ojos abiertos y la cara gris. Destacaba en su particular fisonomía del más allá su nariz aguileña, que se reflejaba en la pared como la proyección de un perfil de animal, tremendamente audaz.

Don Elcear había hecho la guerra de España de coronel, firmando docenas de sentencias de muerte, como presidente de un tribunal militar, y había perdonado a sesenta y siete condenados tras copular con hijas, madres y hermanas de los sesenta y siete en turbulentas noches de amor. Aquel muerto gris y afilado era lo que quedaba de un viejo garañón.

La habitación de la casa cubista de La Laguna, propiedad de los Oramas, olió siempre a humedad. Don Elcear había muerto allí, una tarde oscura de enero, solo, rodeado de una higuera sin frutos, de cirueleros ateridos, de extraños ladridos de perros y del recuerdo de las misas negras que doña Candelaria Odalisca celebraba en el viejo chalet de al lado, en recuerdo de su único hijo muerto hacía años en accidente de coche.

Su vida habría sido de cine si un guionista de Hollywood hubiese tenido noticia de ella. En sus primeros tiempos, Elcear había trabajado en el circo de don Raúl, un titiritero francés a quien el rey Alfonso XIII le concedió, tras verlo actuar tan decentemente en Madrid, el título de profesor de gimnasia de instituto. Elcear le alcanzaba a don Raúl los útiles para sus acrobacias  le acompañaba en sus juergas nocturnas llenas de alcohol y de sexo.

Muy joven, peleó, con el grado de sargento estampillado, en el Norte de África, naturalmente contra los moros, y fue condecorado por su arrojo y valor. Meses después salvó la vida a un general de División, recibiendo él un disparo que iba dirigido a su superior, y fue ascendido por ello a subteniente de Artillería. Tras la convalecencia lo enviaron al desierto a matar beduinos rebeldes y cumplió con tanta crueldad y exactitud su cometido que le dieron el empleo de capitán, sin pasar por la academia.

En la guerra de España ejercía de coronel jurídico en la Capitanía General de Santa Cruz de Tenerife, sin haber estudiado Leyes, esta vez nadie, sólo él, sabe por qué. Los mal pensados opinan que a don Elcear le resultaba más cómodo y cercano matar por fusilamiento, en aplicación rigurosa del Código de Justicia Militar, que en las trincheras.

El muerto, rígido, afilado, ceniciento y serio, no estaba muerto del todo, por lo que se ve, porque desarrollaba su propia memoria histórica, dándole para atrás al tiempo. Esto que cuento ahora es algo muy propio de los muertos, no precisamente porque el viejo Elcear tuviera algún pacto con ciertos habitantes poderosos del Más Allá, sino por lo común de la práctica: uno no se muere del todo hasta horas después de que le den por muerto.

A la memoria, curiosamente estabilizada y nítida a causa de su propia posición horizontal, le vinieron los días de la guerra fría en retaguardia. Días de crueldad infinita en la que él participó y que le había costado luego tantos y tantos rosarios. Elcear se moría con la pena de que la sociedad de su entorno no hubiera podido superar el odio de la guerra civil, ni siquiera darse cuenta de que sesenta años después todo tenía que estar olvidado, como él lo había intentado.

El último acto de su vida lo empleó en ir a votar a un club de golf que la había impedido la entrada a un hindú amigo suyo, Orthas T. Mildani, un octogenario deportista con más millones y mejor sangre que todos los miembros de la junta directiva de la sociedad racista juntos. A Mildani no lo habían admitido “por indio”. La emoción del ganador (su voto fue decisivo para que cambiaran los estatutos y pudieran entrar al club, en adelante, hindúes, negros, chinos y rusos) le detendría el corazón, pero don Elcear murió incluso sonriendo por la guasa: un indio en el Club de Golf, ¡qué dirán los herederos de los estirados y antiguos Von Pluffi!

La brisa que entraba por las aberturas de la persiana movía y hacía tintinear las barbas del cristal labrado de una lámpara art-decó, apagada, que colgaba del techo de la habitación. Elcear, de cuerpo presente, se entretuvo con un sonido que volvía a transportarle a una época lejana de su existencia. Era un andante moderato de Bizet. Recordó el humo del remolcador militar “Uad Arcila”, un humo denso que ensuciaba su uniforme blanco de subteniente, al saltar a tierra en Melilla no se sabe en qué año. Melilla era una ciudad sucia y llena de recovecos. El joven subteniente Elcear había sido destinado a la unidad especial de Regulares, gracias a los buenos oficios de un general de División agradecido. Se trataba, ni más ni menos, que de lanzarse al desierto, en camellos, a ejecutar sobre la marcha a los beduinos rebeldes que daban réplica a las sorprendidas tropas nómadas españolas. Recordó las escaramuzas, las muertes, las ejecuciones –pistola en la sien– de docenas de personas que imploraban perdón.

En un tugurio de Melilla, en el que una orquesta de seis franceses tocaba música de Bizet, había conocido a María dos Santos, una portuguesa con cara de ángel que solía bañarse muy temprano en la acequia del regimiento, rodeada de jazmines mojados por el sereno. María revoloteaba ahora sobre su cabeza, agitando sin cesar la lámpara art-decó de aquella habitación, mientras la casa de los Oramas comenzaba a llenarse de gente de luto.

Así, todo serio y boca arriba, gris y flaquito, me encontré yo una noche a don Elcear, lo juro por Dios, muchos años después de muerto. La habitación desprendía un intenso olor a jazmines, tantas veces disfrutado por el muerto. Y hasta creí escuchar el andante moderato de Bizet, pero esto no lo puedo asegurar del todo.

Sonrió Elcear cuando vio a sus familiares acercarse a la cama del maestro Pepe el redoblante. Se había dado cuenta un día de que los ebanistas de La Orotava fabricaban las patas de las camas más cortas que los de La Laguna. ¿Por qué? Sencillo. Porque luego de terminadas se añaden garras de tigre, zarpas de leones y otras variantes de fiereza. Y es ahí donde la cama sube unos centímetros. En La Laguna la caoba se trabaja de forma menos alegre.

María dos Santos era hija de un entrenador de boxeo, a quien en Melilla conocían, todo el mundo sabía por qué, como el polludo. Bailaba María como los ángeles y había muerto degollada durante una razzia de beduinos perpetrada contra un poblado metido en la arena. Elcear persiguió a los agresores, al mando de una sección de Regulares, les dio alcance después de 28 días de jornadas agotadoras y los capó, uno a uno, colocados los prisioneros en fila india, dejando pasar entre acción y acción tres minutos y treinta segundos, cronometrados por su reloj “Cuervo y Sobrino”, regalo de su extinto padre, don Germánico. A continuación les descerrajaba a cada uno un tiro de pistola en la sien, mostrándoles, mientras se desangraban por el bajo vientre y antes de recibir el tiro de gracia, una foto de María dos Santos bailando la marcha de los contrabandistas, también de Bizet, don Elcear silbando la melodía con absoluto respeto a tiempos y compases.

La habitación de la casa de los Oramas se había llenado de un público mortuorio muy variopinto, incluido su amigo el indio que juega al golf. Los ojos abiertos de Elcear habían sido cerrados por un alma piadosa, pero ello no le impidió seguir traquinando con la memoria. Se vio en La Laguna, a donde había llegado con su familia de niño, jugando en los campos de la vega con sus hermanos Achamán, Ludgardo, Edgardo, Florisel,Liberto,Eleazar,Publio,Amílcar y Carmita. Todos estaban muertos, unos por fiebres, otros por las guerras y Carmita de amor. Las hijas únicas solían morir de amor.

María dos Santos, que había bajado de la lámpara de art-decó, se sentó en la cama de caoba, al tiempo que inundaba la habitación de un intenso olor a jazmines. El indio Midlani había sacado unas barritas de sándalo, que a la vista de la situación, guardó prudentemente sin usar. Un cura flaco y joven, con pinta afeminada, leía unos pasajes de la Biblia. Dos viejas que jugaban al mismo tiempo con la lengua y su dentadura postiza farfullaban un rosario. María dos Santos sonreía y tarareaba una habanera hermosa, aquélla que solía escuchar Weyler cuando mataba mambises en los campos de caña de Cuba. Elcear no sabía que Bizet había compuesto habaneras, ni yo tampoco, a mí me lo contó una vez el padre Pablo Díez, de la orden de San Agustín, igualmente muerto en este momento.

Cuando yo me encontré, aquella noche, a don Elcear muerto encima de la cama yo también sabía que llevaba años allí. No pronunció palabra, precisamente porque era cadáver, pero le noté una sonrisa, a pesar de su cara afilada y de su color gris ceniza. Cuando los muertos sonríen eso significa que son felices. Los muertos serios y mal encarados a mí no me gustan, prefiero verlos risueños como estaba don Elcear, que se había marchado en paz al otro mundo, a pesar de haber matado a tanta gente.

María dos Santos se echó a volar como una golondrina, con su estela de jazmines, y entonces en la vieja casa de los Oramas se hizo el mismo silencio que yo encontré cuando una noche hallé a don Elcear, flaquito y gris, descansando plácidamente sobre la cama de caoba de maestro Pepe el Redoblante. Lo demás de esta historia no me lo contaron, ni yo lo vi, ni tampoco está bien que me lo invente, por lo que pido perdón.

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