La foto del Fotomatón

  Publicado por Andrés Chaves

correos1La vio en la oficina de Correos y no quiso creer que era ella; se había hecho vieja. Igual que él, pero los viejos envejecemos sólo para los demás. En nosotros triunfa el aspecto del niño que llevamos dentro. Y creemos que somos los mismos de siempre, con idéntico vigor y rapidez de razonamientos y reflejos al conducir. Pero todo cambia, incluso la velocidad de los pensamientos que en nosotros se acelera. Es lo único que va más deprisa que en la juventud. Y pensamos más deprisa porque la muerte está cerca y hay que completar el trabajo. Y entonces hacemos ese esfuerzo. Estos razonamientos elementales se paseabanfrecuentemente por su cabeza en sus noches de insomnio, más por los mosquitos asesinos que por otras circunstancias. En realidad le daba igual dormir que estar despierto porque siempre estaba soñando. No como antes, en sus breves reflexiones nocturnas, siendo niño, cuando a la cama le daba categoría de avión privado y a la novieta juvenil el sitio de al lado; y así, volando, se dormía hasta que lo despertaban para ir al colegio. A esa vieja que estaba en la oficina de Correos le dio muchas veces el sitio de al lado en su avión de los sueños, pero ahora él se sentía muy joven, igual que entonces, y a ella la veía como una abuelita delgada y pequeña, sin gracia y sin belleza, con los estragos del tiempo reflejados en la cara y encorvada y fea; ella, que era un monumento rubio y pasional, alegre, con unos ojos verdes maravillosos que ya no brillaban sino que se escondían en las cavernas de su rostro. Dios mío, qué cabrón es el tiempo, pensó; parece que fue ayer cuando nos besábamos en la entreplanta de su casa, entre tongas de revistas “Destino” y un mundo de ilusiones en los bolsillos. ¿Y ahora, qué? No le apetecía ni siquiera saludarla, ni ella tampoco hizo nada por acercarse a él para darle un beso cariñoso en la mejilla; no uno de aquellos pasionales e intensos, no; uno casto en la mejilla. Creía a pie juntillas que el tiempo no se había cebado con él igual que con su amada antigua. Él la veía a ella, pero él no se veía a sí mismo gordo, lento y sin gracia. Se imaginaba todavía a sí mismo como un ligón de playa capaz de seducir, sin acordarse de que las mujeres jóvenes sometidas a cierto asedio le huían como almas que se lleva el diablo. Estaba acabado, pero no lo sabía. Estaba tan acabado como ella, pero no se daba cuenta. Le deprimía sobremanera encontrarse con los compañeros de universidad, acomodados y sin gracia, sin capacidad para correrse una juerga ni buscar un amor pagado. Un amor pagado es lo peor, porque no conlleva pasión, no tiene casi nada de furtivo, ni de emocionante. De ese cosquilleo que se siente al subir la escalera. Recordó el conejo amarillo de plástico que ella le regaló por su cumpleaños y que él colgó en la pared, atravesándole una oreja con una chincheta. Recordó aquella foto de juventud, foto de fotomatón, que ella estropeó poniéndose al lado suyo y que todavía andaba por su cartera; él la sacaba de su prisión, pero la foto siempre volvía, nadie sabe por qué. Hasta que cejó en el empeño y la maldita foto seguía allí. Recordó, no sabe bien por qué, los banderines triangulares de fieltro de la época: uno del Real Madrid, otro de la ciudad de Gijón, otro de la OJE, otro de la Cibeles; otro de la Real Sociedad, no porque fuera su equipo, sino porque tenía el escudo más bonito de la Liga: un balón, una bandera y una corona. Ella seguía allí, en Correos, con su marido de siempre, viejo también, mandando un paquete a no sé dónde. Fingió hablar por el móvil, quiso acercarse, se arrepintió varias veces y respiró cuando se fueron, al cabo de más de media hora, con la satisfacción del paquete enviado. Con qué poco se conforma el ser humano a ciertas edades: con enviar un paquete, con recibir una carta, con pagar la contribución. Cuando realizas esos menesteres se te pone una sonrisa bobalicona de satisfacción no sabes bien por qué. Y entonces vinieron los pensamientos rápidos que distinguen a los que están acabados: la playa con ella, los paseos, las discusiones literarias, las horrorosas y pesadas canciones de Raimon, que entonces sabían a gloria: “Al vent” y eso. Vaya estupidez. Las pedradas al único bombillo del rincón mágico de las noches mágicas para que la luz no aguara la fiesta. La película aquélla cuyo argumento arruinó las meteduras de mano en la última fila del cine; las parrandas, los amigos muertos. Joder, vaya ristra de pensamientos, que quedaron aguados en el tiempo por la llamada de la empleada de Correos advirtiéndole que era su turno de recoger el certificado amenazador de Hacienda, carta negra y desagradable que recibía de vez en vez y que rara vez atendía, pero aquélla sí. Se volvió a ver joven ante la guapa funcionaria, le echó dos piropos que ella agradeció con un gesto de compromiso, recogió el certificado y salió. En la puerta permanecía ella; había despachado al marido como un paquete postal y lo esperaba para abrazarlo. “No cobro nada por el abrazo”, dijo, con lágrimas en los ojos. Él se enterneció y mintió: “Estás guapísima”. “¿Tú crees?”, respondió ella con un rictus de nostalgia. ”Sí, de verdad”. “¿Cuántos años?”. “No sé, di tú, todos los años”. Le apretó sus dos manos cansadas y arrugadas por el tiempo y salió en busca del marido perdido, mirando de vez en cuando para atrás. Él se sentó en los escalones de la oficina de Correos y comenzó su ración de pensamientos entrelazados: la vio, rubia y hermosa, moviéndose con gracia por entre los coches hasta que desapareció en el horizonte. Y entonces se dio cuenta de que en su mano había aparecido la foto del Fotomatón.

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